-No
vine hasta acá para hablar de política.
En ese momento observó el reflejo de la derrota en las mejillas
de quien hasta ese momento era su interlocutora. Ahora ya no era mas que una
incontrolable realidad disfrazada de promesa. El gato le rozó
la pierna como un recordatorio o confirmación de aquella verdad . Y afuera un auto lanzó un rumor intenso, como un grito de socorro de aquella ciudad moribunda a la que ella ya no pertenecía
y a la que él no estaba seguro de querer conocer.
Su mundo
ahora estaba sonriendo enfrente suyo con una timidez profunda y embriagante. Él giraba en torno a ella como el delirante que era, como el
soñador que no supo ser, como un errante. Como caín en las puertas del edén. Su
crimen, pensó, fue haberla amado demasiado.
Su condena, su marca: la distancia. El desarraigo.
-Me vuelvo a
casa
Le dijo.
Y fue como
si Dios mismo en persona hubiese bajado a cerrarle las puertas del paraíso. No pibe , ya cerramos. Llegaste 5 minutos tarde.
Los kilómetros se habían convertido en metros, y el reloj se había atascado en la 1:59. Ofuscado y negado a
avanzar, como si cada manivela quisiera
ser testigo de aquel encuentro. En esa habitación de paredes blancas tuvo la
impresión de que acababan de crear un nuevo mundo, y que el encuentro de sus
miradas por primera vez había sido un
big bang. Quizas por eso, por vivir en un mundo de 10 minutos de edad, no
encontraban las palabras para decirse. Como si en
este nuevo mundo el idioma fuera otro. Sus ojos húmedos como el pasto luego de
la lluvia lo invitaron a aprender ese lenguaje. Y su sonrisa vagamente
exagerada fue el arco iris que sucede al diluvio universal. Estaba recorriendo
el génesis de la biblia del desencuentro.
- Me vuelvo a
casa.
Si hubiera creído en dios, en ese momento se
hubiera hecho ateo. Pero se había negado a creer en una presencia ausente cuya
existencia nunca había podido experimentar. Sin embargo, ella fue aquella
presencia ausente durante mucho tiempo. Una diosa impredecible y miseriosa.
Pero ahora
era real. Quizas esto era lo mas real que le había pasado en toda su vida.
Sonrió al considerar que tal vez, era ella la evidencia mas cabal de que Dios
existía. Ningun juez o abogado en este nuevo o en el viejo mundo se hubiese
animado a decir lo contrario despues de mirarla a los ojos.
-Queres
tomar algo?
*Tomarmelas
de acá, con vos*
-Soda, si
tenés.
Ella se desató el cabello y colocó el broche en la mesa. Le sirvió un vaso. Desde afuera el gruñir de la ciudad distante sacudió levemente el
edificio y pudo ver el bamboleo hipnótico del liquido chocando contra aquella cápsula
de vidrio. Las burbujas chocaban una contra la otra y estallaban, sin ningún
tipo de orden aparente, anárquicas, díscolas, azarosas.
Al observar la
fragilidad de aquellas burbujas, cuando una fuerza interna y extraña emanaba y
hacía ceder la tensión superficial, comprendió también la fragilidad de este
nuevo mundo que habían construido juntos.
Pero debia
controlarlo. Jugar a ser Dios. Ellos lo eran. Los dioses de este nuevo mundo.
Porque a pesar de aquella fragilidad, frente a ella se sentía eterno.
-No sé ni
siquiera por que vine. No creo que me importe. No se si vine a encontrarte a
vos o a encontrarme a mi mismo. Pero acá estoy.
Por primera
vez en su vida, tembló, victima de un sopor, un derrumbe interno, un
desequilibrio mental que los psiquiatras no comprenden porque jamas han
amado.
Los 50 centímetros de madera que lo separaban de ella eran ahora galaxias aún no descubiertas. Su mano, que vibraba con la misma intensidad con la que lo había hecho el vaso, comenzó
a jugar con el broche, frenética pero calculadamente, con precisión y locura
maniatada, con delirio anestesiado. La mesa toda era ahora un cuadricula, como
una hoja de blog en blanco. Cada cuadrito se interconectaba con su vecinoy compartía
algún limite en común. De alguna forma no había azar en aquella distribución. En cada cuadrito se escondia un
submundo propio e indescrifrable. Como en los electrocardiogramas, cada uno significaba algo. Y
ahora su corazón se le escapaba de la mesa.
El broche
recorría ese improvisado tablero de ajedrez según su voluntad, pero sin destino
aparente. ¿Acaso algo en este mundo lo tiene? En ese momento, ni siquiera su
mirada. Luego el silencio. Primero de inseguridad, después de impotencia. Tan
cerca y tan lejos, tan a tiempo y tan perdido. El reloj se había clavado en la
1:59.
- ¿Sabes que me da bronca? Hace dos horas que
estoy jugando con este broche, intentandolo colocar en el cuadrado indicado,
dentro de sus límites. En el medio. Y sin embargo, cuando me vaya, lo voy a
dejar en cualquier sitio. Temo hacer lo mismo con vos.
Ella lo tomó de la mano y lo miró a los ojos por segunda vez. Pero en esta oportunidad fué el apocalipsis.
-Algunas
cosas no tienen un lugar ni una cuadrícula. A veces la vida no es ajedrez, si no
ruleta. Y el broche, vos, yo , todo cae donde tiene que caer. Nadie intenta manejar la fuerza del agua que baja por las cataratas. Cae sin control. Y no hay nada que
vos ni ningún Dios de este u otro mundo puedan hacer al respecto.
A veces las
burbujas se rompen. Miró su reloj. Cinco minutos tarde.
1 y 65.
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