viernes, 10 de abril de 2015

Cinco minutos.

-No vine hasta acá para hablar de política.

En ese momento observó el reflejo de la derrota en las mejillas de quien hasta ese momento era su interlocutora. Ahora ya no era mas que una incontrolable realidad disfrazada de promesa.  El gato le rozó la pierna como un recordatorio o confirmación de aquella verdad . Y afuera un auto lanzó un rumor intenso, como un grito de socorro de aquella ciudad moribunda a la que ella ya no pertenecía y a la que él no estaba seguro de querer conocer.

 Su mundo ahora estaba sonriendo enfrente suyo con una timidez profunda y embriagante. Él giraba en torno a ella como el delirante que era, como el soñador que no supo ser, como un errante. Como caín en las puertas del edén. Su crimen, pensó, fue haberla amado demasiado. Su condena, su marca: la distancia. El desarraigo.

-Me vuelvo a casa

Le dijo.

Y fue como si Dios mismo en persona hubiese bajado a cerrarle las puertas del paraíso. No pibe , ya cerramos. Llegaste 5 minutos tarde. 

 Los kilómetros se habían convertido en metros, y el reloj se había atascado en la 1:59. Ofuscado y negado a avanzar, como si cada manivela quisiera ser testigo de aquel encuentro. En esa habitación de paredes blancas tuvo la impresión de que acababan de crear un nuevo mundo, y que el encuentro de sus miradas por primera vez había sido un big bang. Quizas por eso, por vivir en un mundo de 10 minutos de edad, no encontraban las palabras para decirse. Como si en este nuevo mundo el idioma fuera otro. Sus ojos húmedos como el pasto luego de la lluvia lo invitaron a aprender ese lenguaje. Y su sonrisa vagamente exagerada fue el arco iris que sucede al diluvio universal. Estaba recorriendo el génesis de la biblia del desencuentro.

- Me vuelvo a casa.

 Si hubiera creído en dios, en ese momento se hubiera hecho ateo. Pero se había negado a creer en una presencia ausente cuya existencia nunca había podido experimentar. Sin embargo, ella fue aquella presencia ausente durante mucho tiempo. Una diosa impredecible y miseriosa.

Pero ahora era real. Quizas esto era lo mas real que le había pasado en toda su vida. Sonrió al considerar que tal vez, era ella la evidencia mas cabal de que Dios existía. Ningun juez o abogado en este nuevo o en el viejo mundo se hubiese animado a decir lo contrario despues de mirarla a los ojos.

-Queres tomar algo?

*Tomarmelas de acá, con vos*

-Soda, si tenés.

Ella se desató el cabello y colocó el broche en la mesa. Le sirvió un vaso. Desde afuera el gruñir de la ciudad distante sacudió levemente el edificio y pudo ver el bamboleo hipnótico del liquido chocando contra aquella cápsula de vidrio. Las burbujas chocaban una contra la otra y estallaban, sin ningún tipo de orden aparente, anárquicas, díscolas, azarosas.
Al observar la fragilidad de aquellas burbujas, cuando una fuerza interna y extraña emanaba y hacía ceder la tensión superficial, comprendió también la fragilidad de este nuevo mundo que habían construido juntos.

 Pero debia controlarlo. Jugar a ser Dios. Ellos lo eran. Los dioses de este nuevo mundo. Porque a pesar de aquella fragilidad, frente a ella se sentía eterno.

-No sé ni siquiera por que vine. No creo que me importe. No se si vine a encontrarte a vos o a encontrarme a mi mismo. Pero acá estoy.

 Por primera vez en su vida, tembló, victima de un sopor, un derrumbe interno, un desequilibrio mental que los psiquiatras no comprenden porque jamas han amado. 
Los 50 centímetros de madera que lo separaban de ella eran ahora galaxias aún no descubiertas. Su mano, que vibraba con la misma intensidad con la que lo había hecho el vaso, comenzó a jugar con el broche, frenética pero calculadamente, con precisión y locura maniatada, con delirio anestesiado. La mesa toda era ahora un cuadricula, como una hoja de blog en blanco.  Cada cuadrito se interconectaba con su vecinoy compartía algún limite en común. De alguna forma no había azar en aquella distribución. En cada cuadrito se escondia un submundo propio e indescrifrable. Como en los electrocardiogramas, cada uno significaba algo. Y ahora su corazón se le escapaba de la mesa.

 El broche recorría ese improvisado tablero de ajedrez según su voluntad, pero sin destino aparente. ¿Acaso algo en este mundo lo tiene? En ese momento, ni siquiera su mirada. Luego el silencio. Primero de inseguridad, después de impotencia. Tan cerca y tan lejos, tan a tiempo y tan perdido. El reloj se había clavado en la 1:59.

-  ¿Sabes que me da bronca? Hace dos horas que estoy jugando con este broche, intentandolo colocar en el cuadrado indicado, dentro de sus límites. En el medio. Y sin embargo, cuando me vaya, lo voy a dejar en cualquier sitio. Temo hacer lo mismo con vos.

Ella lo tomó de la mano y lo miró a los ojos por segunda vez. Pero en esta oportunidad fué el apocalipsis. 

-Algunas cosas no tienen un lugar ni una cuadrícula. A veces la vida no es ajedrez, si no ruleta. Y el broche, vos, yo , todo cae donde tiene que caer. Nadie intenta manejar la fuerza del agua que baja por las cataratas. Cae sin control. Y no hay nada que vos ni ningún Dios de este u otro mundo puedan hacer al respecto.

A veces las burbujas se rompen. Miró su reloj. Cinco minutos tarde.

1 y 65. 



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